Identidades inestables

Cada una de nuestras identidades se asienta en los límites de una tradición, la cual implica hábitos, legados, un trozo de historia y, muy a menudo, una ideología política surgida de la aceptación colectiva de ciertos eventos interpretados por un grupo de poder. Cuestionarse o pensar los límites de nuestro entendimiento del mundo es un acto recomendable para nuestra salud mental conforme se da en diferentes momentos de nuestras vidas cuando confrontamos situaciones que difieren de aquellas que consideramos normales desde el punto de vista de nuestros orígenes biográficos. Sin embargo, es alarmante confirmar cómo el pensamiento crítico es un ejercicio políticamente peligroso en sociedades cada vez más globalizadas y a la vez venidas a menos  debido a todo tipo de definiciones sociales, políticas y religiosas. Esto, junto con el apabullante poder de la tecnología, está fragmentando la manera en que nos relacionamos con los otros y nosotros mismos. El mundo parece más pequeño hoy.

En el otro extremo, un ser humano puede abandonarse a la pura especulación aun a riesgo de perder su propia identidad. El escritor argentino Jorge Luis Borges relata en El Inmortal [1]  el viaje de un soldado romano que anhela probar las aguas del río de la inmortalidad. Su identidad, a lo largo del curso de las páginas, acaba confundiéndose con la de aquel misterioso personaje que estaba determinado a seguirle y un día se recuerda a sí mismo como el escritor de los versos de la Odisea.

Le pregunté qué sabía de la Odisea. La práctica del griego le era penosa; tuve que repetir la pregunta.

Muy poco, dijo. Menos que el rapsoda más pobre. Ya habrán pasado mil cien años desde que la inventé.[2]

Ser algo, ser alguien, es simplemente ser. La inmortalidad nos brinda la posibilidad de serlo todo, pero entonces nuestros recuerdos se acabarían desvaneciendo con el inexorable transcurrir del tiempo – como el viento borra las huellas en el desierto – y  no volveríamos a identificarnos con ninguna experiencia o evento que alguna vez conformara nuestras identidades en el pasado.

Nadie es alguien, un solo hombre inmortal  es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy.[3]

A los viajeros nos identifican comúnmente por el lugar en el que nacimos y permanecimos hasta que comenzamos a viajar. Ese lugar se quedó impregnado en nuestro acento. “Soy española” es la respuesta más fácil que puedo dar a un taxista que me conduce hacia un destino en Quito. “Devuelvan el oro que se llevaron” fue la reacción de un joven estudiante en el campus de la Universidad Central del Ecuador tras preguntarle por la ubicación de un edificio al grupo de personas con el que estaba.

Vivir en países donde no naciste puede ser una desventaja en algunos aspectos. Sin embargo, tu entendimiento se expande en diversos ámbitos simplemente al comparar modos de vida y horizontes culturales. Aprendí mucho de un sistema universitario diferente, de los orígenes comunes de mi lengua materna y una nueva cosmovisión en Italia. Intentando aprender una nueva lengua, viví los conflictos políticos entre las culturas catalana y castellana en Barcelona. Fui estudiante de filosofía y profesora de español comparado en Austria. Formé parte de la gestión ambiental del país y trabajé como consultora en proyectos de micro-economía en la ONU.  Estas y otras circunstancias me levaron a Latinoamérica. Vine con el sueño de realizar proyectos ambientales. Y me estrellé.

Choqué contra ideologías políticas que promueven un modelo de desarrollo externo. Se trata de un modelo que depende de la extracción de minerales como el petróleo, el oro, el carbón o el coltán y de la privatización de recursos naturales como el agua y los territorios. Este modelo está muy ligado a la inversión tecnológica así como a la destrucción de la naturaleza y tradiciones locales y ancestrales. Pretende crear bienestar mediante la satisfacción de las crecientes demandas de materias primas por poblaciones urbanas en los así llamados primer y (también) tercer mundos, en detrimento del bienestar ecológico y social de los habitantes de los territorios explotados.

En Ecuador, el modelo de desarrollo adoptado por el actual gobierno se basa en una identidad mestiza, urbana, socialista de partido único, en detrimento de muchas comunidades indígenas en todo el territorio nacional. En los últimos ocho años, a la vez que se ha ido incrementando la deuda externa con China,  las tasas de deforestación han aumentado debido a nuevos proyectos mineros y de infraestructura – principalmente carreteras para transportar los minerales. Este modelo se remonta a la primera industralización, está comúnmente promovido por países como Estados Unidos y China y a menudo se denuncia como una forma de neocolonialismo en países de África y Latinoamérica. De esta manera, una identidad es instrumentalizada por una élite de poder y defendida por un grupo de población  que espera  mejorar sus condiciones de vida. El resultado es la entrada de numerosos canales comerciales desde el exterior y la aculturación de poblaciones urbanas, rurales e indígenas.

Otro caso desafortunado es la inminente destrucción del patrimonio Kitu Kara – Inka en el centro histórico de Quito debido a la construcción de la infraestructura del metro y cuyo proyecto está siendo financiado por el Banco Mundial. Este centro fue, junto con el  de Cracovia en Polonia, el primero declarado como Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO el 18 de septiembre de 1978.[4] “Somos la suma de diferentes capas y estratos culturales. Somos todos los pueblos, todas las culturas”, afirma el arquitecto e investigador Diego Velasco Andrade durante una visita guiada a los principales sitios históricos del centro de Quito.

La destrucción de las memorias culturales por grupos de poder nos deja huérfanos, inseguros, transitorios, insensatos, vacíos y profundamente inestables ante un modelo a punto de derrumbarse.

Mavi Romano

También publicado (en inglés) en: http://www.perypatetik.org/ (22 de octubre de 2016)
http://www.perypatetik.org/2016/10/unstable-identities-ecuador-and-europe.html

 

Notas:

[1] J.L. Borges, “El Inmortal” in: El Aleph, Emecé, Buenos Aires, 1957.

[2] Op. cit., p. 14.

[3] Op. cit., p. 16.

[4] Fuente: Wikipedia. https://es.wikipedia.org/wiki/Quito

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